miércoles, 22 de abril de 2026

Recordando a Paquito de Rivera 40 años después


¿Qué hacemos?, era la insistente pregunta que nos formulábamos los organizadores de este nuevo evento local, minutos antes de comenzar el concierto inaugural del 1er. Festival de Jazz de Badajoz; un concierto que venía de la mano del quinteto de Paquito de Rivera. ¿El problema?, se preguntarán. Sencilla la respuesta: el manager del grupo quería cobrar antes de la actuación. ¡Un problemón!

Pero comencemos por el principio, por explicar cómo se gestó y realizó algo inusual y nunca visto en una provinciana ciudad como Badajoz.

Escribir sobre el primer festival de jazz de Badajoz, es todo un ejercicio de reconstrucción de parte de la historia de la música de jazz en la ciudad.

Por aquellos días los Amigos del Jazz de Badajoz, asociación recién creada para canalizar el flujo de trabajo de unos pocos locos por esta música, tratábamos de asentar el germen de una programación estable que, pensábamos, había tenido su inicio con el concierto presentación de la Asociación con el grupo Madera.

Y qué mejor manera para establecer una buena base que dirigirnos a nuestro Ayuntamiento a buscar financiación de lo que entendíamos podía ser una larga y duradera historia de música y jazz para la ciudad. Y a ello nos pusimos, Lorenzo y yo, con un empuje y una dedicación digna de elogio. Mantuvimos una primera reunión con la concejalía de cultura y de la misma, tras exponer un brillante proyecto, sacamos calabazas.

Aquellas calabazas no hicieron otra cosa que despertar aún más nuestro interés en la organización de aquella muestra de jazz. Y volvimos a la carga con nuestro querido Ayuntamiento. Pero siempre, para que negarlo, obtuvimos un no por respuesta.

Pero mira por donde, por aquellos días mi cuñado Alberto, hermano de mi mujer y prócer de la ciudad, decidió casarse. Y la verdad que con tal acontecimiento nos vino dios a ver. A los Amigos del Jazz, me refiero.

Cuando digo prócer me refiero a que era concejal del Ayuntamiento de Badajoz; y por ello, dada su amistad con el alcalde, el llorado y a veces injustamente vilipendiado Manuel Rojas, fue uno de los invitados a la boda, una boda celebrada en la población cacereña de Hoyos.

El que esto narra, en principio, asistía a tal acontecimiento en calidad de cuñado del novio. Pero era evidente que me encontraba en un momento estratégico para intentar nuevamente volver las calabazas por “frondosas frutas de la pasión”. Y a ello puse todo mi empeño.

Pasada la ceremonia religiosa, recuerdo que los asistentes nos dirigimos hacia el cercano pueblo de Moraleja para celebrar, con abundancia, el convite ligado a la boda. Y las abundantes viandas y el líquido (por el alcohol) que acompañaba a las mismas hacían un excelente puente de acercamiento al alcalde. Y la cosa fue rápida; en un abrir y cerrar de ojos me acerqué al alcalde, y le expuse la situación y gestiones anteriores realizadas para nuestro ansiado proyecto musical. El alcalde, como no podía ser de otra manera, tomó el asunto como un proyecto magnífico para la ciudad y me aseguró que el mismo se realizaría sin ningún género de dudas.

Como se puede comprender, para mí, aquel era un día alegre y festivo dado lo que se celebraba en mi familia. Pero a partir de la buena nueva de nuestro alcalde se convirtió en un día inolvidable para la historia del jazz de Badajoz.

Lo que sigue serán días de trabajo frenético, de idas y venidas al Ayuntamiento, de conversaciones con los representantes de los músicos, preparativos del sonido, sala y todo lo que en definitiva lleva aparejado un evento de este tipo. Eso sí, los músicos y formaciones no eran cualquier cosa: Paquito de Rivera en quinteto y Kenny Burrell en trío. Conviene aquí recordar que nos encontramos en 1986 y que estamos hablando de una leyenda viva del jazz, el guitarrista Kenny Burrell, y del saxofonista alto del momento, Paquito de Rivera.

De los conciertos, de los cuales guardo grabación, solo quiero dejar constancia del nivel musical de ambos.

El del trío de Kenny Burrell, el 15 de noviembre, fue toda una lección de jazz y un magnífico tratado de técnicas musicales: guitarra, contrabajo (David Jackson) y batería (Kenny Washington) hicieron las delicias del público. No debemos olvidar que estábamos ante uno de los más destacados guitarristas que ha aparecido en el panorama musical tras la Segunda Guerra Mundial. Con una carrera de más de cincuenta años, Burrell ha resistido el arte comercial y las tendencias populares. Intérprete, arreglista, erudito y, sobre todo, uno de los mayores profesionales de la guitarra de jazz. Su estilo es distinguible y fácilmente reconocible, su trabajo explora nuevas posibilidades armónicas de la guitarra, manteniendo un fuerte enfoque swing. Conocido por su devoción y su versatilidad musical, Burrell se ganó la aclamación de todos los asistentes al concierto. En definitiva, un estupendo concierto que trajo a los buenos aficionados al jazz de Badajoz a un grande de la guitarra de jazz.

El concierto del quinteto de Paquito de Rivera, el 16 de noviembre, fue bastante más movido (en lo musical y en lo no musical). Daniel Freiberg puso el piano; Sergio Brandao, el bajo eléctrico; Ignacio Berroa, la batería; Claudio Roditi, la trompeta y Paquito de Rivera al saxo alto y clarinete. Así, uno tras otro, fueron apareciendo por el escenario del López de Ayala los amigos de Paquito de Rivera y el propio Paquito, que montó su propia fiesta para celebrar su visita a Badajoz tocando el clarinete y el saxo. Y así fue. Paquito, tras fundirse en un gran abrazo con los músicos e intercambiar bromas, tomó su saxo y empezaron a correr las notas con facilidad y gracia, en una mezcla improvisada de tendencias y estilos musicales. "Hay dos tipos de música: la buena y la mala", comentó el artista; "clásica, brasileña, jazz, flamenco, la música siempre es bella". Y eso es precisamente lo que nos ofreció este artista magnífico, un hombre que además sabe contar las cosas con ternura y sentido del humor.

Pero como comentaba anteriormente, este concierto tuvo algunas cosas más. Por ejemplo, el “numerito” del manager que los traía antes del comienzo del concierto: “o cobramos por anticipado, o no hay concierto”. Pues ya nos ven a Lorenzo y a mí buscando a nuestro querido alcalde, Manuel Rojas, por toda la ciudad para la firma de un cheque que aplacara el órdago lanzado por el representante de Paquito. Finalmente, tras una buena gestión de la policía municipal, pudimos dar con el alcalde y tener el deseado cheque. A todo esto, el público comenzaba a impacientarse por la hora de comienzo, ajeno a todo lo que ocurría entre bambalinas.

Y entre bambalinas ocurría, por ejemplo, las conversaciones del que esto escribe con Paquito y las fotos que también le realice. ¡Lástima no haberme fotografiado con él! Tampoco lo hice con Kenny Burrell. Si guardo una foto dedicada, por Paquito, a la chica que venía con el manager, que muy amablemente me cedió. Entiendo que el regalo de la fotografía, sería en justa correspondencia por haberle aplacado el enorme frío que tenía en el López aquella velada.

Y hasta aquí, los recuerdos de dos inolvidables noches junto al jazz y de lo que sería, sin ninguna duda, la base sobre la que reposa el hoy consolidado festival de jazz de la ciudad de Badajoz.

jueves, 9 de abril de 2026

Sobre JAM Montoya


Una ceremonia, como acto solemne y formal, regido por estudiadas normas es a lo que me he enfrentado ante la cámara de JAM Montoya. Quizá la palabra enfrentar no es la más adecuada, transmite combate; mejor encarar, por aquello de poner una cara frente a otra.

Montoya en estado puro es una de las caras; la cara del maestro, aquel que dirige y vive milimétricamente la ceremonia. Montoya es fotografía, respira fotografía; su cerebro y sus ojos son instrumentos al servicio permanente del mirar y crear. Es un artista que distingue, para ello se esfuerza, entre lo bonito, lo bello y lo sublime. El trabaja hacia lo sublime, aquello que causa admiración profunda.

La otra cara, este que escribe, un incondicional de la fotografía y de Montoya. Una cara entregada al maestro, que se entusiasma con cada uno de sus pasos, movimientos y comentarios.

Entre ambas caras, el retrato; un género fotográfico no siempre bien entendido y al que frecuentemente se le exigen imposibles.

Continuará….

domingo, 5 de abril de 2026

Conexión hispano cubana en la RUHC


Cuando escribo o hablo sobre jazz son múltiples cosas las que me vienen a la cabeza y, en ocasiones, me atropello y no centro el objeto del tema. Intentaré en esta ocasión no perderme en cosas más profanas.

He tenido la ocasión, en la singular sala de la Residencia Universitaria Hernán Cortés de Badajoz (RUHC), de presenciar la puesta de largo del nuevo proyecto de los incansables Javier Alcántara y Pablo Romero.

Es muy posible, seguro que así es, que esté cometiendo un primer error en mi comentario. Hablo de un proyecto de Javier Alcántara y Pablo Romero, cuando estaban presentes, muy presentes, Pepín Muñóz, Narciso González y un invitado muy especial, Ariel Brínguez.

Destacaba más arriba la singularidad de la sala; y quiero dejar claro por qué lo hago, por su escenografía y su peculiar sonido.

El proyecto, con vocación de permanencia según sus impulsores, está liderado por Ariel Brínguez, un saxofonista cubano técnicamente muy dotado afincado en España que tiende puentes entre lo aprendido de la tradición cubana y lo que percibe de la sensibilidad española.

Comentaba Ariel Brínguez durante el concierto lo emocionado y a gusto que se encontraba interpretando la música, un puñado de bellas canciones, de sus hermanos extremeños. Un puñado de bellas canciones que salen del imaginario de los hermanos extremeños; hermosos temas que no escapan a esa línea tan definida que nos llevan mostrando desde ya hace algunos años.

El concierto, por lo escuchado en su primera puesta en escena, puedo destacarlo como emocionante con un "trio de jazz muy rodado", con años de convivencia musical, química inigualable y un repertorio sólido.

Javier Alcántara es un tipo que se enamoró del jazz escuchándolo en directo y recibiendo ese flechazo definitivo que nunca le abandonará. Un flechazo que vino de la mano de Antonio Hart, pero que bien podría haber llegado de la mano de Pat Metheny. Desde aquel lejano “Namouche”, grabado con su amigo Pablo Romero, donde resume gran parte de sus años de formación y donde comienza a vislumbrarse su carisma de líder, hasta hoy, han pasado muchas cosas que han forjado y curtido a Javier Alcántara como uno de los músicos más destacados de su generación.

Qué decir de su amigo y fiel Pablo Romero: que cumple con el papel del perfecto sideman, ese tipo de pianistas que son valorados por su versatilidad, capacidad de improvisación y habilidad para potenciar el sonido del líder.

No debo olvidar la tercera pata de un banco sólido y bien armado, me refiero al dueño del ritmo y de las baquetas, Pepín Muñoz; ni a Narciso González, un todo terreno siempre dispuesto a lucir su buen fraseo con cualquiera de sus compañeros de escenario y que nos concede al público el placer de volver a escuchar la pasión y empeño que pone en toda su música.

Concluyo: me alegro de mi presencia en esta nueva etapa o proyecto de ese selecto grupo de incansables difusores del jazz extremeño que tratan de buscar un lenguaje personal del jazz construido sobre la verdad y la emoción.