domingo, 5 de junio de 2011

París

Woody Allen retrata como nadie personajes y ciudades. De estas últimas: la eterna Nueva York, Barcelona o, en estos días, París. Su película “Midnight in Paris” es un retrato de la amada que se lleva en el corazón. Y la verdad es que es difícil, muy difícil, sustraerse al encanto y a la magia que tiene esta ciudad. Y es difícil a media noche o a cualquier hora del día o la noche. Sus calles, plazas, terrazas, lugareños, visitantes o cualquier elemento que la adorna es digna de figurar en ella.

Paris no puede verse en dos días, en dos meses o en dos años. Y caso de que se disponga de poco tiempo para visitarla, conviene mentalizarse de que no se podrá ver todo. Por eso quizá sea mejor sacrificar la visita a algún monumento por paladear un croissant sentado en la terraza de un café y disfrutar sin mirar el reloj ya que esto también forma parte de lo que es París.

Por eso hay que volver a ella una y otra vez. Es como esa amante que siempre está en tus pensamientos y que cuando estás con ella, la miras, la contemplas y te empapas hasta los tuétanos.

Y es sencillo, se trata de llegar y tirarte a la calle. Y admirar, mirar, recrearte y volver la vista con cada cosa que te llame la atención. Y así pasaran minutos y horas, largas horas, que te sumergen en la atmósfera mágica de esta ciudad que ha encantado a tantas y tantas personas. La han retratado, filmado, dedicado poemas o novelas, películas y todo aquello que este a la altura de la sensibilidad de sus visitantes y lugareños.

Tiene historias de amor con todo lo que emana de lo más hondo de las personas que la contemplan: con la novela, la poesía, el cine, la pintura o con la música. Con la música y los músicos son interminables las historias de amor.

Como muestra un botón: en septiembre de 1946, Don Byas viajó a Europa de gira como una gran big band de la época. La gira le había llevado por Dinamarca, Bélgica, Suiza o Alemania. Fue la primera big band de músicos negros americanos en tocar en la capital francesa tras su liberación del ejército nazi. Byas no volvió a cruzar el Atlántico hasta mucho tiempo después. Desde 1948 en adelante Byas llego a ser una figura idolatrada en los ambientes jazzisticos de la ciudad. En París, además de grabar y tocar maravillosamente, se dedicó a cultivar la buena vida.

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