jueves, 30 de abril de 2020

30-04-2020 Jesús Martínez Flores


No suele faltar el primer sábado de cada mes a la cita con sus fieles seguidores.

Ahora, por motivos obvios, si lo hace. También nosotros.

Llega temprano, de una manera desapercibida, colocándose en el comienzo de la calle Zapatería. ¡Es su lugar estratégico!

A su llegada es frecuente que esté formada la cola de sus seguidores, de sus fieles seguidores.

De esa forma, con este repetido ceremonial, Jesús Martínez Flores, que así se llama nuestro protagonista, comienza la exposición y venta de su arte; un arte muy especial y que conecta con gran facilidad con la gente que frecuenta ese mercadillo mensual de Badajoz.

Un mercadillo que asienta sus raíces en el Casco Antiguo, el lugar donde todo comenzó, donde nació un día Badajoz. Un lugar que fue una maravillosa zona donde existía el comercio y se respiraba la vida que proyectaban sus vecinos y visitantes.

Y a ese lugar, algo degradado hoy, llega nuestro protagonista todos los primeros sábados de cada mes. Y llega con toda su parsimonia y fortaleza artística. Retratos, desnudos, sobremesas, escenas cotidianas, …… inundan la esquina en que sitúa su modesto puesto ambulante.

Jesús es un hombre comprometido, un ciudadano que no teme pronunciarse y expresar sus opiniones a través del arte o de su palabra: “Y mi vecino ha vuelto a desplegar su gran bandera en el balcón. Que los europeos tenemos miedito de enfermar, de toser, hasta de morirnos. Se escuchan discursos indecentes en las pantallas, los escriben guionistas de cine bélico-pringoso. Los ciudadanos nos miramos al espejo y de vernos tan sacrificados por el bien de todos, por el bien del mundo, recordando nuestra historia, nos emocionamos y lloramos abrazados en familia y pensamos en comer en el salón todos juntos y ver una película todos juntos. Repetimos consignas. Programamos gestos emocionantes, colectivos, pornográficos. Ayer salimos al balcón todos los vecinos y cantamos una melodía de llorar mucho, como al final de la película "1917". Parménides, amor mío, te partirías el culo si nos vieses”.

Me he aproximado a Jesús en multitud de ocasiones siendo un admirador y comprador más de su arte; también, como alguien que ansía conocer algo de su personalidad. Una tarea, esta segunda, infructuosa.

Jesús es un ser hermético, por ello, difícil de conocer, entender o descifrar.

Y me pierdo en mi cabeza buscando y rebuscando respuestas a mis preguntas.

Seguramente para Jesús lo indecible, lo que está más allá de la imagen, se encuentra en el centro de sus preocupaciones fundamentales. Me atrevería a decir que pocos artistas han desarrollado una obra tan autista, tan cerrada sobre sí misma.

Pero, ojo, una obra que proyecta preguntas, interrogantes y que cada vez que uno se aproxima a ella, vuelve reconfortado y enamorado de un artista singular y sin par.

Y sigo, seguiré, peregrinando cada sábado a bañarme en la obra de Jesús (siempre a la espera de alguna potente exposición de su obra y de su personalidad) para poder reflexionar en torno a su pintura y a su pensamiento.

Como muestra de ese pensamiento, dejo aquí el siguiente: “Nos debería preocupar mucho la pérdida de nuestra condición humana. Tanto (al menos tanto) como jugar al escondite con la enfermedad y la muerte. No estoy hablando de dejar de sacrificarnos, ni alentando rebeliones. Precisamente estoy hablando de sacrificarnos más si cabe, aunque quizás no concentrando todos, todos nuestros esfuerzos en conservar la vida sin más”.

Charles Mingus - Three or Four Shades of Blues


Ivo Perelman - Children of Ibeji


miércoles, 29 de abril de 2020

29-04-2020 Santander en agosto


Aquello había comenzado como un impulso universitario más. Mis compañeros y amigos de la universidad, además del que esto narra, nos habíamos propuesto como parte de nuestra formación en ciencias económicas, pasar una semana formándonos en la UIMP, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander; una universidad enclavada en la Península de la Magdalena. ¡Aquella oportunidad no debíamos dejar escaparla!

Estamos en la primavera de 1984. Un año en el que se vivían tiempos convulsos. Una dolorosa reconversión industrial que no mitigaba las altas cifras de paro e incendiaba las calles con las protestas de los trabajadores sería el tributo de entrada en la comunidad europea. Rumasa copaba titulares de la prensa y nacía el GAL para hacer frente al terrorismo de ETA.

Nosotros, en nuestro mundo, apuramos los días para tratar de terminar adecuadamente cuarto de empresariales y comenzábamos a imaginar lo que sería la 1ª Feria de Informática y Servicios a las Empresas Extremeñas (FISEX´84) que se celebró del 16 al 20 de octubre de ese año.

Rápidamente, con el plazo suficiente, solicitamos nuestra inscripción en los cursos de verano de la afamada universidad.

Tiempo después, mis compañeros recibirían la negativa de su inscripción; en cambio, este escribiente, recibe el comunicado de estar inscrito en el curso “Artes de la luz: fotografía, cine y video”, un curso dirigido por Luis Revenga a celebrar entre el 27 y el 31 de agosto.

¡Joder, qué suerte!, será el comentario de mis compañeros. ¡Habilidad!, será mi respuesta; añadiendo, ¿para qué tanta formación en economía?, habiendo pequeñas maravillas como este curso.

Maleta y recomendaciones de mis padres.

Partiré, en tren, el sábado 25 de agosto. Más de doce horas de viaje entre Badajoz y Santander, con trasbordo en Valladolid. A mi llegada y hasta mi entrada en Las Caballerizas Reales, lugar de mi hospedaje durante el curso, pernoctaré en un hotel de la ciudad.

La Península de La Magdalena, lugar de hospedaje y de celebración del curso, ocupa una extensión aproximada de veinticinco hectáreas. Es uno de los accidentes topográficos del entorno de la Bahía de Santander, el estuario más grande de Cantabria. Uno de los mayores atractivos de La Península es su entorno natural, con espectaculares paisajes marítimos y una notable riqueza arbórea. Las Caballerizas Reales constituyen, con el Palacio, las construcciones más importantes de la Península, por su historia y su íntima relación tanto con los veraneos regios como con la Universidad Internacional.

Mi semana en Santander será una experiencia para el eterno recuerdo: una ciudad maravillosa, un entorno privilegiado, largas conversaciones con los compañeros sobre fotografía, cine o la vida, baños en la playa…..

Manuel Laguillo, Néstor Almendros, Vicente Molina Foix, Basilio Martín Patino o Lucien Clergue serán centro de nuestras apasionadas, sentidas y largas conversaciones. Conversaciones que solían alargarse hasta altas horas de la madrugada entre efluvios etílicos en cualquiera de las maravillosas casas palaciegas de la zona del Sardinero convertidas, por aquellas fechas, en bares de copas y encuentros de estudiantes.

Por aquellos días el cine cubría gran parte de mi esfuerzo cultural; vivía sumido en un carrusel cinematográfico que abarcaba multitud de estilos o directores. Por tanto, poder, por ejemplo, coincidir con el inolvidable maestro de la fotografía Néstor Almendros fue una experiencia inolvidable (guardo una fotografía en la que se me ve al fondo y a Almendros en primera fila).

Almendros, como otros de los profesores que participaron en el seminario organizado por la UIMP, nos relataron experiencias vividas y sentidas alrededor del mundo de las artes de la luz. Recuerdo que, por ejemplo, Néstor Almendros, decía que los primeros cineastas se inspiraban en los grandes pintores que utilizan la luz, mucho antes de que los efectos luminotécnicos se introdujeran en el cine.

Parafraseando el título de aquella vieja y gran película de Blake Edwards, diré que aquellos días fueron mis “días de vino y rosas” de un agosto inolvidable.

Bobo Stenson - War Orphans



martes, 28 de abril de 2020

28-04-2020 Joao, Belmiro y Mateus


Joao, Belmiro y Mateus son los nombres de los lugareños retratados en la fotografía que acompaña el texto.

Se conocen desde niños; algo que no podía ser de otra forma, ya que las casas que los vieron nacer eran contiguas.

Y ahí los tienen, como si la vida no tuviera nada que ver con ellos; están a sus cosas, a sus reflexiones diarias en el entorno de un pueblo alejado de las prisas y malas costumbres de estos tiempos.

Joao, el mayor, es viudo; su querida esposa lo dejó hace ya bastantes años y él, con la debida dedicación, fue capaz de sacar tierras e hijas adelante. Hoy disfruta, a ratos, de los nietos que les regalaron sus dos hembras.

Sus tierras, hoy inundadas por el embalse de Alqueva, fueron pasto de la ocupación que de forma más o menos espontanea se produjo durante el invierno de 1974 tras el triunfo de la revolución de abril. Lo que había comenzado como la mayor conquista de aquella revolución de los claveles, fue la línea de ruptura entre derecha e izquierda y, en el seno de esta última, entre socialistas y comunistas. También, no conviene olvidarlo, la de la ruptura de la amistad entre su padre y el de Belmiro, un viejo cooperativista muy activo durante la revolución de abril.

¿Y nuestro tercer invitado, Mateus, qué pinta en esta relación?

Pues pinta y mucho; es, por decirlo de alguna forma, la figura que desatascó todo el entuerto que aquel episodio de la historia de Portugal llevo a la frustración de una relación de vecinos de toda la vida.

Mateus, con esa forma de ser tan especial del portugués de tierra adentro y después de regresar de una aventura colonial a la que su padre condeno a la familia, se empeñó en volver a reditar aquella amistad de aquellos tres zagales de la Rúa de Santiago de Monsaraz.

Monsaraz, un pueblo encaramado en una elevación de la infinita llanura alentejana; un puñado de casas que más que pueblo es una mínima aldea fortificada sobre un promontorio, que contenido por sus murallas y asomado al Guadiana, presenta prehistóricos dólmenes, un castillo y siete iglesias.

Pues en esa población, Mateus se comprometió a recuperar la cordura y la amistad perdida entre Joao y Belmiro por un asunto ya pasado y en los que ellos no habían sido más que unos convidados de piedra.

Y lo hizo a base de tesón y de amor por su pueblo y sus habitantes, comenzando una batalla callada y singular a base de recordar tiempos pasados y felices donde tres zagales, ajenos a futuras disputas políticas y personales, fueron capaces de crecer en un ambiente sano y libre.

Pensaba Mateus que aquella infancia no podía dar paso a una vejez de odios y reproches en los que Joao y Belmiro no habían tenido ninguna participación. Es más, decía Mateus, que tampoco sus padres, víctimas, aseguraba, de un momento muy hermoso de la historia de Portugal.

Y así, con tesón y esfuerzo, restaño heridas y permitió la fotografía que hoy podemos contemplar. Una fotografía en donde tres lugareños, unidos por la tierra y la historia, están a sus reflexiones diarias en el entorno de un pueblo alejado de prisas y malas costumbres de estos tiempos.

lunes, 27 de abril de 2020

Bill Frisell, Ron Carter, Paul Motian


Bill Frisell - Before We Were Born


27-04-2020 Furtivo


La fotografía está realizada en julio de 1995 en el Altxerri Jazz Bar de San Sebastián. Es una fotografía que presenta los inconvenientes del sigilo y furtivismo del fotógrafo.

James Carter no quiere ser fotografiado; el fotógrafo si quiere fotografiarlo. Y con ese pequeño argumento se producirá un intenso duelo de movimientos: el músico se enfrenta al tema que interpreta y el fotógrafo a los movimientos del músico y al disfrute de la música que regala.

El Alxerri está a reventar. Es tarde, hace un rato que ha terminado el concierto de la plaza de La Trinidad y los locos aficionados han querido seguir apurando el día y el buen jazz. El grupo que esta noche se sube a la tarima del Alxerri es un cuarteto liderado por James Carter. En la fotografía se aprecia al piano a Craig Taborn.

Carter ataca su saxofón con esa fuerza y singularidad que le caracteriza. El fotógrafo sostiene entre sus manos su pequeña y coqueta cámara entre cabezas y brazos que pueblan el abarrotado bar. Es difícil, muy difícil encontrar el momento y la posición adecuada. Es cuestión de meter codo y después paso adelante. ¡Por fin estamos casi en primera fila!

Carter desafía el objetivo y con leves movimientos de cabeza niega la fotografía. ¡Joder, con la posición ganada, ahora no quiere el músico! Derrotado, en primera instancia, la ola humana gana posiciones y el fotógrafo es engullido en su inmensidad.

Carter ha comenzado una hermosa balada, demuestra su buen hacer y su conocimiento del instrumento. Se siente seguro de lo que hace, de cómo lo hace y de la imagen que proyecta. ¡Pues no te vas sin la correspondiente fotografía!, barrunta nuestro aplicado fotógrafo. Fin de la balada. El público, también nuestro fotógrafo, aplaude a rabiar.

El piano introduce el siguiente tema y Carter comienza a presentar la melodía, comenzando a moverse en el escenario: ahora frente al público, ahora de lado, ahora de espaldas. El sonido comienza a ser esa cascada de fuegos artificiales y efectos que tanto gustan al saxofonista. Está en plena faena, disfrutando de su instrumento y de su música. Ha bajado su guardia, su vigía de su molesto fotógrafo.

Nuestro fotógrafo también percibe la relajación del músico. Es cuestión, nuevamente, de meter codo y después paso adelante. Ahora la situación será un poco más oculta, pero suficiente. Carter ha girado a su derecha y presenta su silueta izquierda. Es el momento, cazado ha quedado James Carter para la posteridad, la posteridad de un aficionado que colecciona instantáneas de sus músicos favoritos.

El resultado es lo que se aprecia: no es una gran fotografía. Más bien es una fotografía fallida, pero que tiene todo el ambiente, el calor y el color de una intensa noche de buen jazz.

Carter arranca el sonido brutal de su saxofón, el piano, contrabajo y batería le siguen en peregrinación y con ese ritmo, melodía y armonía que le gusta imprimir a su música.

domingo, 26 de abril de 2020

26-04-2020 De peluqueros y peluquerías


En el arte de la peluquería y del peluquero soy hombre fiel; no sé lo que otros pueden contar, pero puedo asegurar que con prácticamente sesenta años a mis espaldas he sido hombre de cuatro peluquerías.

Y digo de cuatro peluquerías, porque no podría decir que he sido hombre de cuatro peluqueros y sí de seis.

¿Me explico? Me explicaré.

La primera peluquería, la de mis años infantiles, estaba regida por dos peluqueros: Eduardo y Pablo. Dos señores mayores, o eso me parecía a mí desde mi corta edad, que simultaneaban este trabajo con el del funcionariado público.

El local estaba situado en la calle de San Blas; una calle que conecta las plazas de España y San Andrés. Calle que ha visto y sentido todo lo bueno o malo que le ha ocurrido a una ciudad provinciana como Badajoz.

En esa peluquería y con esos peluqueros comenzaría mi andadura vital en esta historia de pelos, tijeras, peines y navajas. Una aventura que bien daría para la elaboración de un libro de historias y chismes de peluquerías.

La relación entre el peluquero y el cliente es confidencial. Estos últimos cuentan sus cosas, mientras el peluquero lo que hace es escuchar y acompañarlos en su conversación. El peluquero es un señor que te pone bello, sube la autoestima y brinda felicidad. No está bien comentar lo que los clientes les cuentan, aquí se da una relación armoniosa, la idea es que el cliente se sienta cómodo, atendido y escuchado.

Como bien se puede entender, en estos primeros años de mi relación con el peluquero, dada mi edad, era yo quien escuchaba a Eduardo y Pablo contar sus historias de mayores. Era yo un niño obediente, que bien me cuidaba de no molestar al peluquero y cumplir ordenadamente con todas sus instrucciones.

Algo que siempre recordaré como una anécdota inolvidable, fue la facilidad que tenía Pablo para imitar el habla del Pato Donald; algo que aún, con el paso del tiempo, suelo recordar e imitar.

Pero la edad y las hormonas comenzaban a hacer su trabajo y la cabeza me indicaba que mis pelos debían confiarse a alguna peluquería más chic. Y así fue como di con mis cabellos en Santi Peluqueros, en la calle Hernán Cortés. Otra céntrica y vivida calle de la ciudad.

En esa peluquería, de un solo peluquero, atusaba y preparaba mis cabellos entre revistas y comentarios de lo más animados sobre la ciudad y sus ciudadanos.

De ahí, todavía en mi juventud, pase a Pepe y Juan; un par de peluqueros a los que en su día la prensa local dedico un artículo que titulaba “Unidos por los pelos”. Aquel artículo contaba que Pepe y Juan o Juan y Pepe eran la versión en peluquería de Oliver y Hardy o Tip y Coll.

Yo los conocí en la calle Fernández de la Puente; allí llegaba y me sentaba sin hora ni horario a esperar mi turno. Era el tiempo, antes que Pepe (el más frecuente de mis peluqueros) me llamará al sillón, en que uno conocía todos y cada uno de los chismes que se contaban en la ciudad.

Por la peluquería de Pepe y Juan han pasado padres con sus hijos y después estos con sus descendientes. Familias enteras han confiado la estética capilar familiar a estos dos maestros del oficio.

Próximo ya a mi mayoría de edad conoceré al peluquero de mi vida: Pedro Escorial. Y a él, primero en la peluquería Tapias y después en su local de la calle Vasco Núñez, entregaré parte de mi vida para que, además de peluquero, actuase de psicólogo, confesor, consejero y, a veces, hasta de mediador.

Como bien puede observarse siempre he sido fiel al casco antiguo de Badajoz; la calle Vasco Núñez transita entre el paseo de San Francisco y la avenida Santiago Ramón y Cajal.

Para mí entrar en la Peluquería Escorial es todo un viaje en el tiempo, llevo con él más de cuarenta años acumulando recuerdos, pero también cortándome el pelo, claro.

Pedro Escorial es un tipo singular; es un hombre que habla de su profesión con orgullo y respeto: “Me gustó desde el principio porque es un trabajo artesano y muy entretenido. Hablas con mucha gente de muchas cosas”.

Podríamos hacer un documental muy largo, sí. Un documental en el que este psicólogo, confesor, consejero, mediador y, sobre todo, buen profesional nos contaría mil y una historia de las personas que han pasado por sus manos y tijeras.

Aquí, en Pedro Escorial, se terminó aquella rutina de la espera; una espera que en muchas ocasiones resultaba grata con la conversación y los chascarrillos que surgían y las bromas que se gastaban.

Pedro Escorial venía con nuevas ideas en lo tocante al cabello y a la forma de tratar a su cliente; un cliente que disfruta de la profesionalidad de su trabajo y de un carácter extrovertido al que le importan las opiniones de los demás y no siente miedo de expresar las propias.

Y así, en unas pocas líneas, es como recuerdo mi historia con los peluqueros y peluquerías.

Pedro, en estos días, en pleno confinamiento por este mal bicho con nos acecha, te echo de menos.

¡Seguro que pronto nos veremos!

Bill Evans - The 1960 Birdland Sessions


sábado, 25 de abril de 2020

Marta Sánchez - Lunas, Soles & Elefantes


25-04-2020 Paredes

Mi archivo fotográfico está repleto de fotografías de paredes; de paredes que hablan, de paredes que gritan, de paredes que suplican….

En distintas ocasiones he fantaseado con preparar alguna publicación, muy casera, con todo lo que tengo atesorado después de viajes o, simplemente, de paseos cotidianos.

Las paredes, con un poquito de paciencia en el que mira, son un tesoro de la imaginación o de los sentimientos de las personas.

Esto de fotografiar paredes es una vieja afición; lo de preparar algo casero en forma de publicación vino, quizás, después de la lectura de la magnífica novela de Arturo Pérez Reverte titulada “El francotirador paciente”.

Una novela, leída hace ya muchos meses, que me fascinó por ser una historia ágil, seca, dura y callejera. Una novela que trataba con gran respeto y profundidad el mundo de los grafiteros.

Un mundo este de las paredes apasionante; un mundo que en ocasiones convierten los muros en un museo del arte activista.

Una manifestación que, como proyecto artístico y también social y político, compromete al conjunto de la ciudad. Un arte callejero que, en ocasiones, detiene el deterioro, revaloriza los espacios, ofrece otra personalidad y abre una nueva ventana colectiva.

Lyle Mays - Fictionary


Bill Carrothers - A Night At The Village Vanguard


jueves, 23 de abril de 2020

23-04-2020 Libros


La fotografía que acompaña el texto podría parecer una fotografía cualquiera de un lugar cualquiera.

Y no es eso. Es una fotografía tomada en Milán en un ambiente libresco.

Que bonita la expresión “libresco”: perteneciente o relativo al libro.

Y de eso trata la fotografía; de como los libros inundan las calles. En este caso las calles de Milán y más concretamente de la Piazza Mercanti, un pintoresco lugar, de origen medieval, situado a escasa distancia del Duomo en el que se pueden contemplar curiosos edificios.

Además de ser una fotografía llena de libros, es el recuerdo de un maravilloso viaje familiar que hoy, desgraciadamente, sería muy complicado volver a realizar.

Y viene todo esto al hilo del día que hoy se celebra: el del libro con mayúsculas.

Es pues un día propicio para gritar a los cuatro vientos: “Todo está en los libros, además desde hace varios miles de años. Estos pequeños objetos, llenos de páginas numeradas y letras, no solo actúan como una memoria, sino que en muchos casos también tienen el poder de mejorar la calidad de vida de los lectores. El hábito de la lectura enriquece a toda persona que se adentra en sus aventuras, en sus investigaciones, en sus postulados y en sus letras y códigos”.

miércoles, 22 de abril de 2020

22-04-2020 Desescalar


¿Alguien sabe qué es eso de “desescalar”?

Ni el corrector ortográfico del procesador de texto de mi ordenador lo reconoce. Tampoco la Real Academia de la Lengua Española.

Esta última sugiere "evitar los calcos del uso del inglés" y utilizar términos que están en nuestro diccionario como reducir, disminuir o rebajar.

En nuestra tierra hace ya mucho tiempo que se nos fue la cabeza hablando sin sentido y sin conocimiento; somos eso: auténticos "loros" repitiendo todo aquello que escuchamos o leemos en los medios de comunicación.

La última moda o palabro (esta sí, según la RAE, es “palabra rara o mal dicha.”) es “desescalar”.

Es evidente que está mal dicha: lo dice la RAE; y que es rara: ¡ni mi corrector la reconoce!

¿No hubiera sido más fácil y entendible hablar de “aumento y disminución” en lugar de “escalada y desescalada”?

Pero aquí, en esta tierra de buena gente, somos así. En Extremadura: “asina”.

¡Ustedes mismos valorarán!

martes, 21 de abril de 2020

21-04-2020 Iceberg


Hay una parte de mi juventud muy ligada a un grupo catalán llamado Iceberg; un grupo al que tuve ocasión de escuchar en aquellas noches musicales de verano del auditorio del Parque Infantil de Badajoz.

Atesoro toda su discografía; una discografía que se compone de cinco elepés.

Iceberg es para mí un grupo de referencia, ya que ha marcado de manera muy significativa mi manera de entender la música.

Estamos hablando de un grupo que tiene su existencia entre los años 1975 y 1979; años en la que estoy formando mi universo musical a sorbos de rock y jazz.

Pero estamos hablando ya de un rock más evolucionado, hablamos del rock sinfónico y de la música progresiva: Mahavishnu Orchestra, Chick Corea con la Return to Forever o Camel por citar unos pocos ejemplos. Esa conjunción de rock sinfónico, progresivo y jazz, solo instrumental, me empezaba a fascinar en aquellos años.

Tampoco hay que olvidar en ese calidoscopio musical los orígenes mediterráneos del grupo. Y he dicho “solo instrumental”, porque el Iceberg poderoso, al menos el que a mí me gusta y marca, es el que comienza con “Coses Nostres”; ya olvidado su primer disco con vocalista incluido, “Tutankhamon”.

El cuarteto de “Coses Nostres”, “Sentiments”, “Arc-en-ciel” o “En Directo”: guitarra eléctrica, teclados, bajo eléctrico y batería, hará mis delicias durante mucho tiempo. Sobre todo, en sus dos primeros discos y en las manos e imaginación de Max Suñé y Kitflus.

Hoy día sigue siendo un grupo de obligada escucha, un grupo con el que recargo las pilas cuando tengo la batería en mínimos.

Max Suñé (guitarra eléctrica), Josep Mas "Kitflus" (teclados), Primi Sancho (bajo), Jordi Colomer (batería) y Ángel Riba (voz, sólo en el primer disco) eran Iceberg; una de las “mejores bandas” que surgió en la España de los setenta.

Como he comentado más arriba, una vez los escuche en directo: fue en el Auditorio Ricardo Carapeto de Badajoz, en verano y al aire libre. No podré olvidar el viaje musical que nos ofrecieron. Salí, como el resto de los asistentes, extasiado del concierto.

Por cierto, aquella noche se nutrió de un doble concierto: primero Jaime Marques y su grupo, y después Iceberg. Y como yo vivía pegado al auditorio, pude disfrutar de las pruebas de sonido en primera fila, con Max Suñé y Jaime Marques tocando juntos y divirtiéndose (¡ellos y nosotros!) como unos “pequeños enanos”

¡Benditos recuerdos! ¡Somos recuerdos!

lunes, 20 de abril de 2020

20-04-2020 Huella


Iba dejando en la arena
la huella de mis pisadas,
cuando volteé para verlas
las olas me las borraban.
Así sucede en la vida
con nuestras horas pasadas,
el tiempo las va borrando
a poco no queda nada.
No desesperes entonces
buscando honras y gloria,
aunque a fuego grabadas
es frágil nuestra memoria.
Sigo pisando arena
sin importarme nada,
la huella que voy dejando
mañana estará olvidada.

LA HUELLA
Poema de Pablo Barattini

domingo, 19 de abril de 2020

Ramón Rodríguez Castaño, “Pirulo”, en Espacio CB Arte


19-04-2020 Afición desenfrenada


Con cierta frecuencia me preguntan que de dónde procede o sobre el porqué de esa afición desenfrenada o desmedida que tengo por el jazz. Por esa forma de transmitir la tremenda pasión por la música en general y por el jazz en particular.

Y es cierto, a veces también me he cuestionado tal asunto.

Es posible que mi infancia, en lo musical, haya sido muy distinta a la de las personas que me rodearon, junto a las que crecí. Para mí, la música siempre fue un elemento importante para tener en cuenta, tenía algo especial que me hacía respetarla, no era solo un elemento de entretenimiento, me ayudaba a comprender la vida y creaba estados de ánimo que influían positivamente en mi comportamiento. La música tiene una dimensión única dentro de las artes, y es que habla directamente al corazón. Se expresa con el poder de un lenguaje universal.

Mis antecedentes familiares, en lo musical, no tienen ningún referente significativo ligado a la música. Mi padre, con su participación en algún orfeón o coral, o y mi hermano, con sus múltiples actividades musicales (cantaba a Serrat, participaba en la tuna universitaria o dirigía algún coro colegial) eran mis únicos puntos de referencia. Es más, si soy franco y trato de ver mí posterior evolución en cuanto a gustos musicales, debo de decir que será mi hermano la base de mi afición por esta manifestación del intelecto humano.

Pero, en mi soledad y locura, me gusta fantasear con otras opciones más novelescas; más en la línea del interés de alguien que se acerca a un texto escrito.

Nací en diciembre de 1960. Un año en que, entre otros y por motivos raciales, Miles Davis estaba por Europa.

Paris, Estocolmo, Oslo, Gotemburgo, Copenhague, Hanover, Oldemburgo, Berlín, Düsseldorf, Hamburgo, Frankfurt am Main, Milán, Kaiserslautern, Colonia, Múnich, Karlsruhe, Viena, Nuremberg, Zúrich, Scheveningen, Ámsterdam o Stuttgart verían pasar y actuar, en los meses de marzo y abril, al quinteto estelar de Miles.

Un quinteto formado por: Miles Davis (trompeta), John Coltrane (saxo tenor), Wynton Kelly (piano), Paul Chambers (contrabajo) y Jimmy Cobb (batería).

Un quinteto que propició en el viejo continente una autentica y desconocida explosión musical y una reacción nunca conocida en la audiencia. Un quinteto que sería la última vez que permitió que los dos colosos del jazz, Davis y Coltrane, tocaran juntos en vivo. Apenas regresaron de la gira, Coltrane dejó la banda.

Pero ya he manifestado que me gusta fantasear, jugar con la palabra y con la imaginación.

El quinteto no anduvo por nuestra tierra (una España dedicada en aquellos momentos a velar por su autarquía) y, eso seguro, mis padres no anduvieron por esas ciudades citadas más arriba.

Flaco favor a la historia que pretendo construir.

Pero siempre escuche a mi abuela paterna decir que, por aquellos días, de manera clandestina y en muy contadas ocasiones, escuchaban en casa Radio España Independiente, denominada también como La Pirenaica.

Debemos recordar que esta emisora a partir de 1960 fue dotada de mejores medios técnicos para ampliar su cobertura y neutralizar las interferencias causadas por las autoridades franquistas. Es en esa época cuando se comienzan a utilizar técnicas como la grabación en cinta de los programas y su emisión a ciertas horas y en ciertas frecuencias que podían ir variando, y así evitar a los emisores que, desde el interior de España, interferían con ruido en sus frecuencias fijas.

Y es aquí el punto de unión entre mis padres y el quinteto de Miles.

Aquella mañana del 20 de marzo de 1960 mis padres se habían levantado como de costumbre para realizar sus quehaceres cotidianos. No sabría explicar por qué estaban residiendo en casa de mis abuelos paternos en esos días. El caso es que allí estaban y que, en algún momento de aquella mañana, pudieron escuchar por La Pirenaica el anuncio de un concierto que esa noche se iba a emitir en directo desde el Olympia de Paris.

“Remedios, ¿escuchaste lo de ese concierto?”, le dijo mi padre a mi madre. “Emilio, tú siempre con tus excentricidades” “Además, Emilio, es una emisora prohibida”, contesto mi madre.

Pero mi padre era un hombre de ideas fijas y llegada la hora sintonizó la emisora.

A partir de ese momento surgió la magia, una práctica a partir de las notas de Walkin', Bye Bye Blackbird, Round About Midnight, Oleo o The Theme que produjo un resultado sobrenatural (mejor expresado: natural).

Lo que escuchaban mis padres a través de aquella radio a válvulas ya no se ha vuelto a dar sobre un escenario. Los que estaban en el escenario eran los inventores del jazz, y sabían muy bien lo que había que hacer y cómo hacerlo.

Estaban ante una de las páginas más brillantes de la historia del jazz, en vivo y en directo, y en su forma más descarnada y cruda de interpretarla. Posiblemente todo surgió de una cuestión de egos y de genio, entre Miles Davis y John Coltrane, dos gigantes aún no superados. El mismo Miles confesó en sus memorias que tocar con aquel grupo le producía escalofríos cada noche.

Recuerdo que esto sucedía un 20 de marzo de 1960; yo nacía un 14 de diciembre de 1960.

¡Imaginen todo lo demás!

sábado, 18 de abril de 2020

18-04-2020 Viajando

Fotografía de EJH - Septiembre de 2007, navegando hacia Tánger

Algún día volveremos a viajar; o eso es ahora mismo mi deseo.

¡Cuánto echo de menos viajar! Un viajar razonable, no abrasivo y sí respetuoso con el lugareño y con el entorno.

Un viajar que te confunda con el lugar por el que caminas; caminando de una forma pacifica y con la idea siempre de aprender; de conocer otras formas de vida, de pensar o de organizarse.

Estoy revisando fotografías de mis viajes; viajes de todo tipo: placer, trabajo o por cualquier otro motivo o excusa.

Estoy revisando fotografías de Palma de Mallorca, París, Moscú, San Petersburgo, Roma, Florencia, Venecia, el Mediterráneo, Egipto, Camboya, Singapur, Nueva York, Chicago, México, ….

Estoy, de alguna forma, revisando mi vida. Una vida pegada al camino. Un camino que se inició en mi infancia, cuando mis padres diseñaron y nos aventuraron por caminos próximos a nuestra casa: Sierra de Gredos, Toledo, Ávila, La Granja, ….

Aquellos fueron viajes, al menos para mí, iniciáticos. Unos viajes travesía plagados de aventuras no casuales que me permitieron una maduración personal y la formación de una conciencia crítica.

Viajar nos enseña a vivir. Vivir con mayúsculas; es decir, a estar en el momento, despierto, vivo y ser capaz de disfrutar de las cosas ahora, no preocupándose por el pasado ni por posponer la felicidad a un futuro lejano.

Como decía Robert Louis Stevenson: “No hay tierras extrañas. Quien viaja es el único extraño”.

viernes, 17 de abril de 2020

17-04-2020 Bebo Valdés, musico y personaje


Al hilo del libro que he comenzado a leer, “Bebo de Cuba. Bebo Valdés y su mundo, obra de Mats Lundahl (RBA Libros, 2008)”, me gustaría recordar sobre tan sabroso musico y delicioso personaje.

Porque eso es lo que creo que ha llegado a ser Bebo Valdés: musico y personaje.

Con el musico tuve el primer acercamiento en una lluviosa y fresca noche donostiarra. El lugar, la Plaza de la Trinidad. ¡Cuántos buenos momentos he pasado allí con el jazz y con la música! ¡Cómo las echo de menos!

Un 27 de julio de 2003 es el día indicado.

La Trinidad estaba abarrotada, creo que no cabía ni un alfiler. Era mucha la expectación que levantaba la saga de los Valdés. Y todo ello bajo la amenaza de la lluvia; pero está visto que la misma no está reñida con el Jazzaldia; es más, yo diría que es su gran aliada.

Puntualmente, como siempre, comenzó la noche, donde un elegante y ya muy mayor Bebo Valdés apareció, bajo una gran ovación, en el escenario. Desde ese momento y hasta el final, acompañado por su hijo Chucho, derramaría lo que sabe hacer muy bien: tocar el piano y tocarlo con ese sentido que tienen los músicos cubanos.

Bonita y deliciosa la noche que nos ofrecieron Bebo, El Cigala, Javier Colina y sus acompañantes, una experiencia que tendrá su “paginita” en la historia del jazz nacional. El final fue una explosión con el reencuentro de padre e hijo, uno (Bebo) en el piano acústico y otro (Chucho) en el piano eléctrico, nos ofrecieron una nueva y distinta versión del “Lágrimas negras”.

Descanso y bocadillos.

Viene Chucho (el músico que ha comentado que el jazz y la música cubana son primos, y el abuelo es África), todo vestido de blanco junto al huracán caribeño de Irakere. Técnica y enormes ganas de agradar presidirán la noche. Momentos para el recuerdo: una versión de “Stella by starlight”, para ellos “Estela va a estallar” (en ese momento, como no podía ser de otra forma, empezaría a llover); el “Drume negrita” y un impresionante solo de piano de Chucho (¡poderosísimo!). Una fiesta en toda su extensión: música, baile y alegría en todos los asistentes.

Al final, Chucho y Bebo volvieron a deleitarnos con un dúo de pianos, acústico y eléctrico. Bueno hubiera sido que la organización tuviera previsto dos pianos de cola. Alguien me indicaba que el motivo era la gran acumulación de gente en el escenario, 16 Irakeres.

Federico González, llorado crítico musical ya desaparecido, dirá días después en EL PAIS: “A Bebo Valdés le sobran diez dedos de toda la vida para crear en un instante todo un universo, con su cielo, tierra, mar y, en especial, emociones profundas……El recogimiento se convirtió después en sobrecogimiento por el volumen atroz que la renacida banda Irakere impuso en su bullicioso concierto”.

Mi siguiente contacto con Bebo, también con Chucho, será un 18 de noviembre de 2005 en el Teatro López de Ayala de Badajoz.

Me incorporo en la prueba de sonido. Suenan los acordes de Lágrimas Negras. Y la verdad es que suena francamente bien.

Comento con Javier Colina, superlativo contrabajista, mi intención de conseguir las firmas de Bebo y Chucho en una fotografía que les hice hace unos años en Donostia.

Bebo es todo humanidad, por su tamaño físico y por su ternura al hablar. Le indico mi nombre, a lo que responde que me llamo igual que su padre. Le recuerdo el paso por este mismo escenario de su nieto Emilio. Me dice que efectivamente, que es su nieto e hijo de Chucho. Hablamos de otros músicos cubanos que pasaron por Badajoz: Paquito de Rivera (es como un hermano, me dice) o el desaparecido Juan Pablo Torres (estuvo presente en mi última grabación, me indica).

Me pregunta si estaré por la actuación, a lo que le indico que por supuesto, que no faltaré. Me despido con el agradecimiento por su cordialidad y deseándole un buen concierto.
Chucho llegará unos minutos más tarde. Le abordo a la entrada. Le pido la firma. Lo hará con cierta desgana y más pendiente de poder empezar la prueba de sonido. Es normal, quizás no era el momento de abordarlo. En cualquier caso, le agradezco el detalle.

Más tarde disfrutamos de un concierto amplio, casi tres horas de música. Primero Chucho al piano: magnifico, inconmensurable, sin medida, una poderosa máquina de tocar el piano, nos deleita con esa visión tan especial que tiene de la música; después, Chucho y Farah María nos pasearán por el bolero: el bolero en las manos de Chucho es una auténtica delicia; más tarde, el cuarteto de Bebo, junto al brillante Javier Colina, nos paseará por la historia de la música cubana, el jazz o sus creaciones cinematográficas; continuaremos con Bebo y Chucho en solitario, para terminar con Bebo y Chucho acompañando a Farah María.

En definitiva, casi tres horas en compañía de dos maestros del piano. Nunca mejor momento para emplear el refrán: de tal palo, tal astilla. En este caso, una astilla muy mejorada.

Y esta es la crónica del Bebo musico.

La crónica del Bebo personaje, podría comenzar y terminar con la siguiente frase de Fernando Trueba al hilo del rodaje de “Chico y Rita”: “Cuando escribíamos el guion, el personaje de Chico, como músico olvidado en Cuba, venía de la realidad de lo que les pasó a muchos, como a Bebo Valdés”.

O esa otra frase, cogida al azar en Internet en la pluma de Mauricio Vicent: “El piano es un poderoso pie en la tierra para Bebo. Lo conduce sin apenas darse cuenta a su pasado y de allí lo trae de regreso a sus seres queridos y a lo mejor de su vida a través de melodías de ayer y de siempre”.

Sin más comentarios.

¡Siempre Bebo!

miércoles, 15 de abril de 2020

15-04-2020 De paseo con Juan de Ávalos


Y aquí continuamos, con nuestra mejor cara, asidos de la mejor manera a la existencia. Son días, ya semanas, de negrísimos nubarrones que dificultan nuestro vivir diario.

Y como esto parece que va para largo, debemos entretenernos en disfrutar del día a día. De observar a nuestro alrededor, de disfrutar de lo que está al alcance de nuestra mano.

Y que mejor que utilizar los recuerdos de una mañana de domingo, de un domingo que empieza a parecerse al invierno, por aquello de un frío viento que se te mete por las entretelas; un domingo en el que pasear y degustar de todo aquello que sale a tu encuentro. Sin planificar, simplemente caminando y tomando lo que a tu paso encentras.

Levantarse temprano, cuando la gente aun descansa, y lanzarte a la calle sin rumbo. 

Primera parada, cualquier buen bar o cafetería que ofrecen unos maravillosos molletes con aceite y ajo. Una vez repuestos y cargadas las pilas: a caminar.

Segunda parada, el Museo de Bellas Artes de Badajoz, por ejemplo, con una exposición del “cuestionado” Juan de Ávalos. Lo de siempre, mezclamos el pensamiento político con todo lo demás. Y, la verdad, no alcanzo a ver el motivo; o mejor, sí lo alcanzo, pero no lo comparto. De la exposición que guarda apuntes y bocetos de su obra más polémica, el Valle de los Caídos, me gusta de manera especial un Velázquez exquisito.

A continuar, y ya que estamos con Juan de Ávalos, con una visita al Parque de la Legión, lugar que guarda otras obras del autor.

Para ello, oyendo solo el caminar de mis pies, recorro lentamente, degustando el paseo, las calles Meléndez Valdés, Felipe Checa, Virgen de la Soledad, San Juan, Concepción Arenal y Eugenio Hermoso para desembocar en la Ronda del Pilar, donde se encuentra en bello lugar de la ciudad, con un pasado turbio y digno de recordar sólo en los libros de historia. Y allí, más de lo mismo, esa escultura con monumentalismo rotundo e histriónico, en la acepción de aquella persona que se expresa con la exageración.

Y todo ello, el camino, el paseo y la observación regado con una inmejorable banda sonora, al menos para el que esto escribe, King Crimson en In the Wake of Poseidon y The Court of the Crimson King.

Pues eso, que aquí continuamos asidos de la mejor manera y con nuestra mejor cara……………

martes, 14 de abril de 2020

14-04-2020 Un sueño


Esta mañana desperté de manera abrupta; exhausto después de una noche intensa y de un sueño convulso. ¡Joder!, me dije. Tal comentario venía a cuento porque no me acordaba absolutamente de nada del motivo de tal intensidad. Pues nada, mi trabajo en los próximos minutos era dedicarme a la reflexión, a la búsqueda del origen de esa intensa noche.

¿Por dónde empezar?, me preguntaba. Y la verdad es que no tenía muy claro el camino a seguir. Estas cosas de los sueños son así; entretenidas mientras ocurren, pero difíciles de poner en pie una vez pasadas. Y no sé qué fue lo que motivó lo soñado, pero la realidad fue que, de pronto, mi memoria se refrescó y pude reverdecer lo soñado. Os contaré.

Resulta que nada más acabar mis estudios de bachillerato, decidí que quería estudiar algo que no se impartía en mi ciudad. Y para ello partí hacia Salamanca, la hermosa y docta ciudad castellana. La vida en Salamanca fue intensa y apasionante. Una ciudad llena de historia, y de historias, que hizo mis delicias. Muchas horas y días dediqué a su conocimiento y a mi hermanamiento con sus calles, edificios y lugares donde habían ocurrido los momentos más sugerentes de su historia. Pero una ciudad no vive solo de cosas inanimadas, también están sus habitantes y las personas que por ella transitan. Y de ellas también me empapé, y recogí un buen puñado de amistades que me acompañaron, aún me acompañan, por donde vivo y tránsito.

Pero todo llega a su fin, y mi idilio con Salamanca, un largo idilio de cinco años había terminado. La llevaría siempre en mi corazón, a sus gentes y a sus piedras. Pero uno debe continuar su camino y la parada de Salamanca había finalizado.

En fin, me quedo de ella con aquello que dijo el ilustre Miguel de Cervantes, “Salamanca que enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”.

De Salamanca a Madrid. En ella debía de permanecer un año, todo con el propósito de realizar el posgrado; comenzar la aplicación de lo estudiado en los años anteriores.

Y Madrid es otra cosa, no es la recoleta y manejable Salamanca. Madrid es la ciudad de todos, muy impersonal, por aquello que no es de nadie en particular. Debía de adaptarme rápidamente: se acabó aquello de decir por la calle adiós a cada pocos metros. Multiplicaba los habitantes de Salamanca por 33; sus calles, ni lo imagino. Se acabo levantarme con la hora pegada al culo, empezaban los madrugones y los largos trayectos en transportes públicos.

Pero rápidamente me adapté; soy como un camaleón, un ciudadano del mundo. Madrid me brindaba lo que necesitaba: aire y nuevos terrenos a explorar. Y en ella, en la ciudad de todos, disfruté y aprendí. Otra vez sus calles y sus gentes me brindaron lo que tanto anhelaba: seguir creciendo y formándome como persona.

Y también, como en Salamanca, ligo a la ciudad con una frase y un autor. La frase: “Cuando he estado trabajando todo el día, un buen atardecer me sale al encuentro”; el autor: Johann Wolfgang Goethe.

Y vuelta a la carretera, al camino hacia otro lugar. Mi misión en Madrid había terminado y debía buscar nuevos lugares. ¿Dónde en esta ocasión?, pues a un lugar a muchos kilómetros de mi casa, y también de Madrid. Un lugar que tiene muchos puntos de encuentro con Salamanca; mi añorada y querida Salamanca. Un lugar que me iba a permitir seguir creciendo, seguir formándome.

La ciudad elegida era Cambridge. Para mí, su gran atracción no eran sus espléndidos colegios o sus maravillosos parques. Me sentí atraído por su historia, por su antigüedad y porque lo erudito lo impregnaba todo.

Me habían dicho que por aquí había estado nada más y nada menos que Lord Byron. Luego me enteré de que Byron, al igual que yo, dividió su tiempo entre Cambridge y Londres.

Me gustaría, de verdad, parecerme a ese Byron que si hay algo le define e individualiza es su carácter. Se ganó una reputación de ser original, controvertido y nada convencional. Se puede decir que Lord Byron amaba la belleza. Y de él elijo la frase: "Aquí reposan los restos de una criatura que fue bella sin vanidad fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad y tuvo todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos."

¡Joder!, creo que fue aquí donde desperté. Donde interrumpí un sueño magnifico, realmente magnifico. Volveré a intentar conciliar el sueño, para retomar esta fantástica aventura.

lunes, 13 de abril de 2020

13-4-2020 Una modesta fotografía


Hoy, con hondo dolor de mi corazón, comparto solamente una fotografía obtenida en mi jardín.

Es solamente eso: una modesta fotografía; pero no tengo nada escrito…….

Fotografiar es una de mis debilidades y con ello también “divago” a menudo. Y como esta página se llama “Divagando……”, ahí la dejo.

domingo, 12 de abril de 2020

12-04-2020 Nica de Koenigswarter y Robe Iniesta en Sevilla


Por una calle solitaria, Nica camina despacio, muy despacio. Conserva el porte de una distinguida señora; su forma de caminar y vestimenta delatan su pasado. Es tarde y la calle poco iluminada dificultan observarla. De dónde viene y hacia dónde se dirige, es toda una incógnita. Su pasado es una historia repleta de experiencias a las que nunca volverá. O, al menos, eso es lo que ella imagina.

Los años han pasado de manera vertiginosa; pero los recuerdos de sus días al lado de sus amigos Charlie Parker o Thelonius Monk no son fáciles de olvidar. ¡Que gratos momentos los vividos al lado de ellos!

Nada habíamos vuelto a saber de tan ilustre y distinguida defensora de los músicos, sobre todo de los músicos de jazz.

Se cuenta que la Baronesa Nica de Koenigswarter había muerto en 1988, a la edad de 74, dejando cinco hijos, dos nietos y tres bisnietos; después de convertir a Monk en su protegido, amigo, confidente y posiblemente amante.

Pero parece que no fue así. Estoy seguro de que, si la vista no me falla, esta distinguida y anciana señora es Nica, Nica de Koenigswarter. Sí, la hija del acaudalado banquero Charles Rothschild y esposa del famoso barón Jules de Koenigswarter, aviador, héroe de la Resistencia francesa y embajador en México en la posguerra europea.

¿Y qué hará en Sevilla y en una solitaria calle del barrio de Santa Cruz?

Pues la respuesta es sencilla: busca a un personaje del que le han hablado largo y tendido; un personaje que compone, escribe, canta y toca la guitarra, conocido por ser el fundador e imagen del grupo de rock Extremoduro. Le han hablado de que toca estos días por Sevilla y que suele frecuentar determinados locales nocturnos. Su amor y devoción por los músicos, por los músicos singulares, la llevan en volandas a una nueva aventura.

A Nica le han hablado de un talentoso joven que salió de una población del norte de Extremadura, la bella y rica Plasencia, dispuesto a comerse el mundo. Un joven que ha recorrido España, vendido miles de discos, llenado recintos, pabellones o estadios sin sonar en la radio ni en la televisión. Su aspecto, marcado por la vida, y su voz ronca y cazallera le hacen un personaje singular. Pero, sobre todo, lo singular de su persona es su originalidad en su música y en sus letras. También le han contado su facilidad con la escritura, su primer libro, El viaje íntimo a la locura, ha sido un éxito de ventas.

Pero, sobre todo, ha conseguido que miles de personas de todas las tribus, de distinta condición social y diferentes lugares tengan devoción por su persona y su obra. Y Nica no quiere quedarse atrás, quiere tener esa misma devoción que el resto de los seguidores de Robe Iniesta.

A Nica le ha comentado la duquesa de Alba, su amiga y confidente, que en Sevilla existe un curioso y bohemio local donde puede escucharse flamenco a altas horas de la madrugada, y por donde se dejan ver personajes del calado de ese tal Robe Iniesta. Y Nica, con ese afán de madre protectora, no elude lanzarse a la calle y buscar el local que le comenta su amiga.

Previamente, Nica, se ha informado del nombre del local, La Carbonería, y de su ubicación, en la calle Levíes número 18; que fue el escenario de la vanguardia local, de la independencia de pensamiento, de la alternativa, del movimiento underground. Testigo de la voz de grandes cantaores como Camarón, del crecimiento del flamenco, de la madurez de la poesía. Que un día fue parte de un almacén de compraventa de carbón y que hoy se ha convertido en resguardo de flamencos, poetas, actores, escritores y amantes de la bohemia artística y del propio arte. Y claro, Nica, nuestra Nica, no puede escapar a un menú tan sugerente; en el que además con un poco de suerte tendrá como aliño a Robe Iniesta.

Y volvemos al comienzo. Por una calle solitaria, Nica camina despacio, muy despacio. A medida que se acerca a su destino, su corazón late más deprisa, de manera vertiginosa. Está a punto de alcanzar el que puede ser uno de sus últimos sueños y deseos: conocer y apadrinar a Robe Iniesta.

Por fin llega a su destino. Pero su primera impresión es de degrado, de desilusión: la puerta parece que está cerrada. Es curioso, le habían dicho que seguro que el local estaría en plena efervescencia; muy vivo y destilando arte por los cuatro costados.

Su oído, como todo su cuerpo, ha comenzado el camino del deterioro físico; no obstante, le parece apreciar que tras la puerta cerrada se oye vida. ¿Una guitarra? ¿Un piano? ¿La voz desgarrada de un cantaor? El corazón nuevamente se acelera, se dispone a empujar la puerta. Tras la puerta, la vida; lo que buscaba.

Poder contemplar la música y la pintura unidas de la mano al resguardo de la noche, solo sucede en locales como este. Y Nica ansiosa y huérfana de ello se sumergirá en el ambiente del local. Una mirada, un cambio de gestos, palabras deslavazadas y, finalmente, una larga conversación la llevarán ante Robe Iniesta.

Lo que a partir de ese momento surge entre estas dos almas gemelas, sedientas de experiencias y llenas de sensibilidad y creatividad, quedará entre los dos. Lo único que me interesa es que Nica ha vuelto.

sábado, 11 de abril de 2020

11-04-2020 Pirulo


Andaba el hombre sumido en sus tribulaciones. “¡Joder, pues la nevera está en buen uso; solo la puerta está un poco deteriorada!”.

Indudablemente era una apreciación, como tantas. La nevera era digna de verla: un modelo algo en desuso y lista para entrar en la chatarrería. Pero es evidente que a nuestro personaje le llamaba la atención o le podría solucionar algún asunto.

La escena se desarrollaba en una fría mañana de domingo, en una calle desierta del centro de la ciudad y a esas horas en que es un placer caminar y observar todo cuanto ocurre a tú alrededor.

Nuestro personaje, dicho con todo el respeto del mundo, es uno de esos ciudadanos marginales que habitan, y han habitado, en nuestra ciudad y que bien darían para escribir una historia de la ciudad contada a través de sus miradas.

Mirando a su perrillo se preguntaba: “¿Crees que nos cabrá?”. Su fiel compañero de viajes infinitos le miraba con esos ojillos de perro fiel acostumbrado a pasar mil penalidades. “¡Yo creo que nos cabrá!”, continuaba con su profunda tribulación.

El personaje es real; Pirulo, “El novio de la muerte”, le llaman las decenas de personas que congenian con él.

Hoy he visto que Fundación CB trabaja sobre su figura para una exposición virtual. ¡Magnifica idea!

https://www.instagram.com/p/B-xV389KJ8f/?igshid=1wkz23jd676sf

viernes, 10 de abril de 2020

10-04-2020 Escribir a diario


Sin saber cómo comenzar la entrada de hoy, me lanzo y pongo en el buscador de Internet: “escribir a diario”. Sin mucha dilación, el ¿sagaz? engendro, me lanza:

¿Cómo se escribe un diario?

Cómo escribir tu diario… antes de empezar

· Escoge TU diario. Dediquemos un tiempo a ir a una papelería y elegir un cuaderno que nos guste. ...
· Escoge TU lugar. Recordemos que se trata de generar un hábito. ...
· Escoge TU tiempo. ...
· Escribir desde la emoción. ...
· Escribir desde la sinceridad. ...
· Escribir a mano. ...
· No lo leas. ...
· Que no lo lean.

Pues mire, don Internet, no es lo que buscaba. Me refería al ejercicio intelectual de sentarte frente al papel en blanco o a la pantalla vacía del ordenador y comenzar a parir. ¡Ojo, no ha decir paridas!

Debo de manifestar que esta tarea que me he autoimpuesto con el confinamiento (en este caso, impuesto) me está resultando gratificante.

Primero, por ser una tarea de obligado cumplimiento que me aporta orden y tarea diaria.

Y, en segundo lugar y más importante, porque supone un ejercicio mental que me mantiene, entiendo, las neuronas en perfecto estado de revista.

He mirado más arriba, en esta sucesión de palabras e ideas que llevo escritas en estos ¿primeros? treinta días y encontré lo escrito el trece de marzo (primer día de esta nueva historia en la que vivimos): “En fin, tiempo tenemos para la reflexión y la escritura. Utilizaremos este tiempo para perfeccionar nuestro intelecto y en tratar de dejarlo recogido en negro sobre blanco”.

Volviendo a la consulta en Internet, quería comentar que lo que pretendía era bucear y profundizar en lo que otros opinan de este ejercicio diario; lo que dicen los auténticos protagonistas de esto: me refiero a los columnistas a los que este osado aprendiz de escritor lee con cierta frecuencia.

Comienzo con uno de los grandes, Manuel Alcántara (Manuel Porras Alcántara, en registro) que decía sobre el oficio: “Cada día me sorprende el milagro de ser capaz de segregar mi artículo diario. El arte más difícil del mundo, y a eso se reduce todo, es el arte de vivir”.

César González-Ruano, articulista de profesión, escribía en su Diario íntimo (1951-1965): “¿Está tan mal una profesión donde con un rato al levantarse ha ganado uno ya todos los gastos del día, y que a las once y media no exige ninguna ocupación?”.

El recientemente fallecido y llorado David Gistau manifestaba: “Me apetece contar historias distintas. Quiero hacer algo más variado que estar pendiente de la última noticia política”.

Antonio Burgos, el ácido columnista, sentencia: “Y si lo sigo escribiendo cada día, ahora otra vez con cierre tipográfico y con más ilusión que nunca, como si debutara con caballos cada mañana, sé que el acierto nunca es mío: es suyo, lector. Lo escribo gracias a que usted lo lee. Por eso hoy, al volver el artículo a su viejo recuadro tipográfico, va por usted, en agradecimiento por su fidelidad”.

Pedro J. Ramírez: “Tengo la suerte de dedicarme a lo único para lo que sirvo. Echo de menos todos los días a Francisco Umbral. Todos los días. Como escritor de periódicos no ha habido nadie como él y veremos cuándo lo hay”.

Francisco Umbral: “Escribir es la manera más profunda de leer la vida”.

Manuel Vicent: “Periodista es ese tipo que escribe a toda velocidad de cosas que generalmente ignora y lo hace de noche y la mayoría de las veces cansado o borracho y que no teniendo talento para ser escritor ni coraje para ser policía se queda sólo en un chismoso o en un simple confidente”.

Aproximándome al terruño, comienzo por una autentica referencia. José Ramón Alonso de la Torre, hombre feliz e insólito, ese contador de historias costumbristas que una vez lo lees no puedes salir de su red: “Así, el aburrimiento te llevaba a la imaginación y descubrías el campo, las fuentes, el agua, las piedras y, si vivías en Cáceres, los juegos (las cabezas, torito en alto) en los túneles de Reyes Huertas, los partidos de fútbol en El Rodeo o las disputas de guardias y ladrones en Cánovas”.

Alfredo Liñán Corrochano, un inclasificable, escribe: “Me gusta escribir en verano. Bajo un árbol al son de las chicharras que es música de eternidad. O acunado en el vaivén cercano de las olas. O a la sombra del porche achicharrado. Soy un hombre llamado verano”.

Feliciano Correa, la pluma y la palabra excelsa: “Si la memoria es frágil, lo es más cuando el cúmulo de sucesos se agolpan, galopando unos sobre otros, tapando lo antiguo con lo nuevo. Sólo haciendo de lo acontecido una ventana apaisada podemos constar, como en un gran espejo, las distintas secuencias donde nosotros mismos fuimos protagonistas”.

Termino este rápido y fugaz repaso de gente instruida (sí, gente leída e instruida) que escriben a diario o casi a diario con Carolina Díaz Rodríguez, una chica cacereña vital y comprometida con el tiempo que le ha tocado vivir: “¿Si no escribo de mis propias vivencias y experiencias, de mi manera de ver y observar la vida, de qué escribo, de temas que desconozco, me invento historias que les sucedan a otros?”

Osado, como he manifestado, me siento. Rubor, ese color rojizo que me aparece en el rostro por un sentimiento de vergüenza, sería lo más próximo a mi estado en este momento.

He comenzado, con una frecuencia diaria, a imitar a esas personas que me alimentan diariamente de ideas, compartidas o no, surgidas de un ejercicio no fácil de realizar.

“Las opiniones son como los culos. Todo el mundo tiene uno”, manifestaba Harry «el sucio», alter ego de Clint Eastwood, en una de las películas de la saga. Sin embargo, no a todas las opiniones se les presta la misma atención. Algunas nacen y mueren tan pronto como se lanzan, otras consiguen salir de ese hábitat e influir a través de las columnas de opinión de los medios de comunicación.

Y en ese ejercicio diario me encuentro, con osadía y rubor; un ejercicio que, leído y reinterpretado, con el paso del tiempo me hará sonrojarme quizás aún más, o no.

jueves, 9 de abril de 2020

9-04-2020 Pacheco, Golson y el Jazz


Con la excusa de un concierto de Benny Golson en Badajoz, un trece de mayo de 1988, escribía bajo el título “Pacheco, Golson y el Jazz”, lo siguiente:

¿Que no le gusta el Jazz?, preguntaba Manuel Pacheco en su POEMA EN FORMA DE SEÑORA (Poemas en forma de…, 1962). Nuestro poeta no entendía cómo si el Jazz tiene sudor, tiene arena de fiebre que le perfora los huesos, no le guste el Jazz. Sin embargo, a él le entusiasma: Me gusta el Jazz, tengo los huesos llenos de trompetas, los pulsos llenos de tantanes, los oídos llenos de telas de arpas secas, las sienes llenas de violines húmedos y canciones con agujeros en el alma.

Y claro que le gustaba el Jazz. Para comprobarlo, asómense a esos textos maravillosos titulados ODA A LOUIS ARMSTRONG y ODA A DUKE ELLINGTON (El libro de las odas, 1955); o piensen por un momento en el nacimiento del poeta, la década de los años 20, en la que irrumpía un nuevo arte, donde Duke Ellington iniciaba la construcción de un universo excepcional y las geniales improvisaciones de Louis Armstrong señalaban por varias décadas el camino del Jazz.

Es la década de los años veinte, la gran época de los músicos de Nueva Orleans en Chicago, del blues clásico, del estilo Chicago y la del nacimiento de un fenómeno estilístico, Benny Golson.

Golson es un demoledor saxo tenor y arreglador, que después de haber estudiado el piano hasta los 14 años, convence a sus padres para que le compren un saxofón. El nuevo instrumento será su vehículo para expresar toda la técnica de la que está dotado y toda la fuerza interior de sus composiciones. Ha tocado con Tadd Dameron, Clifford Brown, Gigi Gryce, Cecil Payne, Philly Joe Jones, Lionel Hampton, Johnny Hodges, Lee Morgan, Dizzy Gillespie, Wynton Kelly, George Russell, Max Roach, Art Blakey o Art Farmer. Como compositor a escrito para Miles Davis, Ella Fitzgerald, Dinah Washington, Art Blakey, Peggy Lee, Lou Rawles, Nancy Wilson, Sammy Davis Jr. o Diana Ross. Es como podemos observar un músico importante dentro del jazz moderno, en su doble faceta de instrumentista y compositor. 

Este 13 de mayo de 1998, el López de Ayala se viste de gala para recibir al Benny Golson Trío, en el que además de su líder, están presentes dos excelentes y experimentados músicos: el sorprendente organista Joey DeFrancesco -tiene una grabación con Miles Davis titulada Amandla- y el rocoso batería Byron "Wookie" Landham.

La presencia en Badajoz de toda una institución en el mundo del jazz debe encender la sangre de esos "locos maravillosos" que son los aficionados a la música de jazz, para continuar esa vieja historia de amor pendiente, repleta de infidelidades e incomprensiones entre el Jazz y la ciudad.

Me da la impresión de que después de escuchar al Benny Golson Trío en el Teatro López de Ayala, evocando los poemas de Manuel Pacheco, no tendremos más remedio que asegurar lo que el poeta expresaba en su ODA A DUKE ELLINGTON: Y ahora tienes un bosque entre las manos y levantas las ramas de la aurora para que nunca muera tu sonoro crepúsculo.