viernes, 8 de julio de 2016

Por aguas de los mares Báltico, del Norte y de Noruega

Confieso que he viajado. Que he viajado y que me gusta viajar, perderme entre la gente y en lugares desconocidos. Pasar desapercibido, confundirme con el paisaje; por supuesto, no alterándolo y respirando intensamente su olor.

Ese amor por el viaje se lo debo, supongo, a mis padres que me habituaron, nos habituaron a mi hermano y a mí, a unos viajes furtivos que tenían un radio de trescientos kilómetros alrededor de nuestra ciudad, Badajoz. ¡Qué gratos recuerdos de aquellos viajes que me permitieron conocer el norte de Cáceres, Ávila, Toledo, El Escorial o Aranjuez! 

El día que me decida, no tardaré mucho, a plasmar en negro sobre blanco toda mi historia con el universo viajero no olvidaré tampoco ese otro germen viajero (también junto a mis padres): los veranos en las idílicas playas de Isla Cristina, en la provincia de Huelva.

Y ya que me refiero al futuro ejercicio de rememorar lo vivido, también teniendo presente como comencé este texto, imagino que titularé estos escritos como “Confieso que he viajado”. Será una forma de homenajear al magnifico Neruda que de alguna forma también me habituó a viajar a través de aquellas inolvidables memorias tituladas “Confieso que he vivido”.

Pero bueno, todo eso será objeto de otro momento; ahora me toca recordar mi última vuelta por tierras desconocidas: un paseo en barco por tierras alemanas, danesas y noruegas.


Comenzaremos nuestro periplo marítimo en el puerto de Warnemünde, un pequeño pueblo alemán de nombre casi impronunciable para la mayoría de viajeros que lo visitan, que pertenece a la ciudad de Rostock (de unos doscientos mil habitantes) y que está situado a orillas del Báltico.

Copenhague será nuestro primer desembarco. ¡Preciosa ciudad! Colorida, bulliciosa, cosmopolita, intensa, cuidada,…………… Una ciudad para pasear y perderse en unas calles que invitan a la contemplación de una simbiosis entre el agua y la ciudad.



Tocamos Hellesylt y Geiranger, tierras noruegas. Esplendor de una naturaleza salvaje e indómita. Hellesylt, un pueblo situado en el fiordo de Sunnylvsfjord, que a su vez es una ramificación del Gran Fiordo de Storfjord. Es un pequeño pueblo compuesto por unas pocas casitas de cuento dispuestas alrededor de una enorme cascada de aguas cristalinas y furiosas. Geiranger es un pueblo de tamaño similar a Hellesylt, pero que, como éste, mueve una cantidad de turismo brutal. Una media de más de cien barcos de crucero hacen parada en él durante los cuatro meses que dura la temporada de verano, y no cuesta comprender por qué.

La ruta entre Copenhague y estas dos poblaciones noruegas supuso en sí un pequeño e intenso viaje. Son unas treinta seis horas de navegación, una navegación que siempre realizamos con luz y a través de un mar en calma pero que nos aproxima a tierras polares. Mi curiosidad me llevará a disfrutar sobre las cuatro de la madrugada (¡insisto, con luz diurna!) de la entrada en el fiordo. Es un espectáculo inenarrable, mágico, distinto y que merece la pena haberlo vivido. 


Subimos por el mar de Noruega, Islandia enfrente, con el sol naciente a la izquierda y la brillante e intensa luna a derecha. El frío y el viento son cortantes, pero aquello es un espectáculo a no perderse. Debemos enhebrar nuestro barco por el ojal del fiordo. ¡Joder!

Como no podía ser de otra manera el barco entra en el fiordo y el espectáculo a derecha e izquierda es una sinfonía de verdor y altura: estamos en un valle lleno de cascadas y más cascadas, montañas nevadas, árboles, algunas casitas descarriadas y las vistas hacia un paisaje declarado Patrimonio de la Humanidad. Una vez atracados en la impresionante ensenada de Geiranger, procedemos a desembarcar y a empaparnos de la zona. 


Nuestro próximo desembarco será Bergen, la segunda ciudad más grande de Noruega, de unos doscientos sesenta mil habitantes. Alcanzó su esplendor en el siglo XII gracias a las actividades pesqueras y marítimas a las que siempre ha estado ligada la ciudad desde su fundación. Una ciudad hermosa, colorida, amable, pequeña y muy especial. Un rinconcito de cuento que te presenta los fiordos y que te hace preguntarte ¿cómo he tardado tanto en visitar Bergen? En su puerto, en plena calle y agasajados por jóvenes españoles, pudimos disfrutar de las bondades del mar: salmón, mejillones o cigalas.




Kristiansand, será nuestra siguiente parada. Gracias a su privilegiada ubicación la ciudad fue fundada con fines estratégicos, siendo ahora más conocida por ser el destino más popular de veraneo de los noruegos, amantes de sus bellas costas y de su espléndida naturaleza.

Volvemos hacía Dinamarca; en esta ocasión atracamos en Aarhus, la segunda ciudad más grande del país, con unos doscientos cincuenta mil habitantes. Se trata de una ciudad riquísima en historia y cultura. El arte se palpa en el aire cuando estás en Aarhus. Vayas donde vayas estás rodeado de galerías de arte, talleres, y cualquier otro tipo de edificio donde poder sentir el arte más cerca que nunca.


Terminaremos nuevamente en Warnemünde; pero esta vez nos acercaremos hasta Rostock, una coqueta y bien cuidada ciudad que conserva los distintivos de su pasado soviético y un centro histórico de gran belleza.


Fin de un nuevo capitulo de ¡Confieso que he viajado!

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